18 diciembre 2008

STICKY AND SWEET en Santiago de Chile: mis impresiones



Cuando en las pantallas comenzaron a aparecer las letras que forman la palabra “Candy”, el corazón se me aceleró a tal punto que tuve que auto conminarme a mantener la calma. Respiré hondo y abrí los ojos todo lo que pude. El corazón seguía acelerado, casi doliente. La plataforma en el escario central comenzó a girar y, poco a poco, vi a Madonna sentada en su trono. No me separaban más de cinco metros de ella. Mi visión era panorámica: la reina, sus bailarines, las pantallas. Todo estaba ahí. Y yo no lo podía creer.
Podía verle la cara. Al comienzo fue de asombro. Los ojos bien abiertos, mirando de un lado para otro. La respiración agitada. Pero después, en cosa de segundos, esa expresión dio paso a una sonrisa. Una amplia sonrisa que iluminó al Nacional. Madona nos daba la bienvenida a su gran show, circo-teatro, musical.




Por el contrario de lo que pensé que ocurriría, no lloré. Sólo grité de alegría al escuchar la primera frase de la canción: “See which flavor you like...”. Me puse a cantar con ella. Me agarraba la cabeza, me mordía el labio inferior, pero no estaba nervioso. Era una suerte de fascinación por tenerla tan (pero tan) cerca de mí. Nunca pensé que mi primer encuentro frente a ella sería así. Lo que ocurrió anoche en el Nacional fue mucho mejor que todos los sueños -muy recurrentes- que tuve días y meses antes.
Estoy seguro de que Madonna me vio. Caminaba por el escenario y la pasarela y nos sonreía. Estaba muy animada. Su cara era la de una niña que se sorprende con una novedad (“¿Chile?”). A medida que avanzaba su show, se fue dando cuenta de que, a pesar de que estamos en el fin del mundo, la conocemos y la adoramos como en otras partes. Ella lo sintió. Su expresión de nerviosismo del principio se transformó en alegría y fiesta. Cuando pasaba en frente de mí, yo lo advertía: Madonna estaba disfrutando de nosotros, que no escatimábamos en energías para expresarle que es nuestra ídola: “¡Diva!”, “¡Madonna, te amo!”, “¡Ídola!” se podía escuchar.






Canté a más no poder. Me desgarré la garganta gritando su nombre y levantando las manos. Quería que me viera. Que se fijara en mí y en la polera que había hecho. En un momento, pasó por donde yo estaba y, creo, se fijó en el mensaje: “Chileans do it better”. Ella sonrió. Y a mí me subió un calor estrepitoso que pasó por mi estómago, por el cuello y llegó a la cabeza. No recuerdo en qué parte del show ocurrió eso. Parece que fue mientras cantaba “Heartbeat” o “Into the Groove”. Pero no estoy seguro, porque en ese momento mi (generalmente buena) memoria falló por completo.
Recuerdo una muy particular expresión de Madonna, que no sé cómo describir. A pesar del maquillaje, su cara era límpida. Su expresión era la de una persona que estaba pasándolo muy bien (insisto: siempre sorprendida por la recepción des este público tan alejado del resto del mundo). Recuerdo sus ojos bien abiertos, su boca con un rictus que transmitía un “aquí estoy, disfrutando”. Era una rara mezcla de humildad real con orgullo por saber que, sobre un escenario, no hay nadie más completo que ella. Afortunadamente, ella cantó y bailó más hacia nuestro lado. Yo sabía que las coreografías tendían a la derecha del escenario y, por eso, luché contra todo para asegurarme.




Mi cuadro favorito era el primero (“Pimp”), pero no tuve la suficiente lucidez como para disfrutarlo por completo. Por eso, aluciné más con el segundo: Old School. Madonna en su máxima expresión de agilidad. Y la última canción de ese segmento fue “Music”. Su cara seguía radiante. Eso fue lo que más se sorprendió. Era como una niñita. Bailaba con entusiasmo, se reía, hacía guiños a sus bailarines y músicos (no muchos se percataron de eso, creo). Me emocionaba sentir esa calidez. Había sonrisas que estaban fuera de libreto. Y yo, de tan cerca que estaba, era testigo de cada uno de esos gestos.
Como cuando empezó el show no lloré, pensé que ya había superado la prueba de fuego. Pero pensé mal. Cuando se cerró la puerta del Metro y Madonna salió del escenario para cambiarse de ropa, me puse a llorar. No pude contener mi emoción de estar a tan pocos metros de ella. Fue un llanto desconsolado al principio, pero no me dolía nada. No hubo sollozos, sino que respiración entrecortada, muchas lágrimas y congestión en la nariz. Me sequé, me agarré la cabeza con las dos manos. Pero seguí llorando mientras en la pantalla se veía el interludio de “Rain”. Quizás fue por el momento, preciso para descansar de toda esa adrenalina inicial. Necesitaba descargar esas emociones que tenía adentro y que el vertiginoso ritmo del show no me había permitido.




El impecable traje de Givenchy usado para la sección “gipsy” del show era, sencillamente, espectacular. Madonna se veía muy bien, muy hermosa, muy estilizada. Me fijé en la musculatura de sus pantorrillas aprisionadas tras esas botas muy ceñidas a su cuerpo, casi como una segunda piel. Miré con asombro y admiración los pasos de baile. No quería perderme ningún detalle ni de la coreografía ni del escenario ni de las pantallas ni de Madonna. Pero casi todo el tiempo estuve mirándola a ella. Y en todo momento me sorprendí del brillo que emanaba de su rostro: una expresión de gratificación por la respuesta de todos nosotros que le gritábamos “¡Madonna, te amo!” cada vez que se acercaba.
Hasta me reí con Madonna. Me gustó que el público comenzara a gritarle “¡Ídola!” y ella no entendiera. Preguntó: “¿Qué dicen? ¿Te amo? Yo también...”. Hubo una traducción instantánea de todos nosotros (“¡Idol!”), pero ella siguió haciendo muecas. Luego agregó: “No entiendo... yo soy muy caliente”. Esos pequeños guiños con el público son los que hacen la diferencia en sus conciertos. Con esas simples palabras me sentí abrazado por el calor de una Madonna mucho más humana que como la veía en los sueños y en los DVD´s. De hecho, ésa fue la sensación que se me quedó del concierto: Madonna es una diva inigualable, una superestrella del espectáculo y, sin duda alguna, la reina del pop. Pero a pesar de eso se permite ciertas licencias para seguir encantando a sus seguidores. Se muestra cercana, alcanzable, deseable... y nosotros nos rendimos a sus pies enfundados con costosas botas de tacos altísimos.




La veía bailando canciones rumanas, brindando con una petaca de tequila, y pensaba que el show ya iba en la mitad. No quería que se acabara, pero traté de mentalizarme para no preocuparme por eso. Tenía que disfrutar a fondo cada segundo, cada acorde, cada movimiento. El corazón estaba más calmado, pero la adrenalina no. El cansancio de las piernas (y de las 12 horas de espera bajo el inclemente sol de Santiago) no se sentía. La sed tampoco. Todas las molestias físicas se pasaron cuando Madonna salió al escenario. Fue realmente increíble sentirse fuera del mundo real por dos horas. La reina del pop fue una especie de droga dulce y pegajosa con poderes estimulantes instantáneos.
Deliberadamente, no llevé cámara fotográfica. No quise distraerme con eso. Sabía que si llevaba, estaría pendiente de que pasara frente a mí, de lograr una buena toma, un buen ángulo. Y no quería distraer a mis sentidos. Quise absorber todo sólo con mi visión, mi olfato, mi tacto, mi oído. Sé que mis amigos llevaron cámaras para captar las imágenes. Después se las pediré a ellos. Las miles de imágenes las tengo guardadas en mi memoria, como un recuerdo que no se borrará hasta el día en que me muera.






Madonna es ágil, atlética, excelente bailarina. Tiene un carisma indescriptible que se traspasa desde el escenario. Guiñe el ojo a sus fans, sin siquiera mover sus párpados. Con una sonrisa me derritió más de una vez. Con sus pasos perfectamente sincronizados con los bailarines (excelentes y muy carismáticos también) me llevó a una dimensión paralela. En esa dimensión sólo me daba tiempo y maña para seguir cada uno de sus detalles: cuando salía del escenario, cuando se preparaba para entrar, cuando hacía los intermedios entre una canción y otra... O sea, me imbuí también en los pequeños detalles. Sensibilicé el oído y descubrí el paso raudo de los bailarines corriendo bajo la pasarela para salir nuevamente por la parte de atrás del escenario. Vi cómo armaban la escalera del escenario; cómo Madonna se arreglaba su hombrera con brillantes. Lo vi todo. Lo absorbí todo.
No quería que se acabara el concierto, pero sabía que con la puesta en escena del último cuadro, la hora del fin se acercaba. Me conocía la estructura general del Sticky & Sweet. Lo había visto y escuchado muchas veces en las grabaciones de los fans de otras partes del mundo. Era inexorable: el traje futurista con inspiración japonesa (rave) era lo último. Las fuerzas seguían intactas, a pesar del desborde de energía. Me di el tiempo para cantar a todo pulmón todas las canciones. Grité a más no poder los “tic tac tic tac tic tac” de “4 Minutes”, “Like a prayer” y “Ray of light”. Pedí a todo pulmón que cantara “Frozen” cuando Madonna pide las opiniones del público. Pero había más gente gritando por “Holiday”, así que ella -no sin fruncir el ceño y arrugar la nariz- accedió.






Luego vino la rockera versión de Hung Up. La voz ya casi no me salía. Mi garganta estaba seca. Mis manos, rojas y trémulas de tanto aplaudir. Mi cuerpo transpiraba, exudaba olor a cansancio, adrenalina, sol y tierra del las afueras del Nacional. Veía a Madonna de espaldas. Veía su cabello alborotado (parece que el clima la hizo despeinarse más de lo adecuado). Veía sus botas. Veía cada detalle y en mi corazón sabía que todo eso ya se iba a acabar. Salté lo más alto que pude. Alcé mi mano, tocando el cielo (aunque ya lo había tocado dos horas antes). Guardé mis últimas fuerzas para que Madonna se fuera con esa imagen cuando acabara su show.
Me fijé en que se cambió las botas para cantar su última canción. ¡A eso se va detrás del escenario! A ponerse unas zapatillas negras y bajas (quizás, las mismas que usa para saltar la cuerda en Into the Groove). La energía de Madonna seguía desbordante. Su cara, sus gestos, su sonrisa, todas sus expresiones, seguían intactas. Bailaba con un ritmo exquisito, en perfecta sincronía, sin demostrar cansancio. Su pantalón brillaba, al igual que sus ojos, muy abiertos. Salté, grité. Quise imitar sus pasos, pero la presión del resto de los asistentes sólo me permitió saltar y levantar mi mano. Ella lo veía. Ella pedía que saltáramos. Saltábamos. Ella pedía que gritáramos. Gritábamos. Ella pedía que cantáramos. Cantábamos. Cantamos, incluso más fuerte, cuando se acercó a nosotros y nos ofreció el micrófono. La vi a la cara. No sudaba. Era blanquísima y muy linda, con rasgos finos. Estaba alegre, feliz... al igual que nosotros.





El “game over” del final, tras su “Thank you, Santiago. Good night!” indicaba que el sueño llegaba a su fin. Aquellas dos horas de luces, música, cristales Swarovsky, pañuelos Givenchy y botas MacCartney habían terminado. Quedé alelado. Caminé casi por instinto a buscar a mis amigos. Ahí estaban ellos, aún con la boca abierta y la adrenalina a mil. Miré a Manuel y lo abracé. Nuevamente me puse a llorar. No sé si por lo emocionado que estaba o porque empezaba a comprender que el show se había acabado. Pero más que eso, lloraba de puro agradecido que estaba. Agradecido por haber podido ver a Madonna tan cerca, tan vigorosa, tan hermosa, en mi país. Porque no todos pueden decir que miraron a los ojos a la reina indiscutida del pop. A la mujer más famosa del mundo.





(rOdRigO).
Nota: las imñagenes corresponden a la primera sección del show ("Pimp"), porque es el que Producción permite fotografiar de manera profesional. Estas fotos están disponibles en la página www.allaboutmadonna.com



30 julio 2008

María Música: show mediático v/s falta de educación cívica


Es cierto: se trata de una niña de 14 años que, aunque muchos se esmeren en contrariarlo, no es madura. Siendo así, no se da cuenta de los alcances de sus actos, declaraciones y aires de heroína juvenil. Sus acciones responden a un arrebato hormonal más que a la férrea convicción de querer cambiar el mundo.Decisiones tan erráticas y desafortunadas como lanzarle agua en la cara a una ministra de Estado no es más que la prueba de su falta de desarrollo cívico.

Tal como ocurre con todas aquellas ´estrellas´ que tienen quince minutos de fama, la prensa se ha encargado de enaltecer la imagen de una escolar como cualquier otra, persiguiéndola, acosándola, increpándola para que responda las acusaciones. Quizás, la pobre púber se siente alentada por el revuelo que causa y sigue siendo parte de esta comedia que se ha erigido en torno a su curioso pero original nombre.

Siento que le hacen un mal si la ven sólo como un “objeto” de la noticia. Mejor sería preocuparse de que se instruya en el exqusito arte de la razón, de la defensa argumentada, del autocontrol que hace grande a los grandes. Porque si se tratara de hacer ´lo primero que se nos viene a la cabeza´ en un momento de ofuscasión, el mundo estaría regido por el caos. Que no se emborrache por el efímero licor de la fama fácil y gratuita y que se preocupe de forjar un futuro basado en el esfuerzo y el talento que puede llegar a descubrir a medida que vaya creciendo.

Cuelesquiera hayan sido sus demandas, me parece insólita su tenaz resistencia a reconocer que ´el jarrazo´ (como se ha mencionado con tanta pompa en los medios de prensa) no fue un acto del cual debiese sentirsa orgullosa. Convencida, sí. Pero ¿orgullosa? Evidentemente, hay algunos valores que se trastocan y se esconden bajo la etiqueta de “líder revolucionario”, lo cual pareciera ligar irremediablemente la lucha justa con la falta de respeto y el atropello.

No es mi intención defender ni a la ministra ni tampoco atacar a la adolescente. Quisiera hacer hincapié en la fatla de espíritu cívico que comienza en el seno del propio hogar. Porque me parece irrisorio que la madre de María Música hinche sus pulmones de satisfacción al defender lo que su hija hizo. Esa actitud confrontacional, obcecada y aguerrida no hace más que acentuar la falta de cultura ciudadana existente en el país. Y eso no es sólo un problema de la educación formal, sino que también de las familias que prefieren hacer de esto un espectáculo mediático redituable, antes que una necesaria lección de vida e invitación a reflexionar sobre cómo estamos haciendo las cosas al interior del hogar.

No se trata de castigos medievales -como sugieren algunos que, paradógicamente, acusan de absolutistas a los que defienden el derecho al respeto en contra de la joven-. Se trata de ver los hechos con altura de midas y no permitir que se fomente (sí, fomente) la falta de sentido común y el atropello a la razón. Si se le da tanta ínfula y se hace de María Música una mártir por su acto, se estará dando una venia soslayada para que cada uno se deje llevar por los impulsos, tal como si no tuviéramos otras alternativas de acción.

Expulsarla del colegio donde estudia no es la solución, aunque quizás sí le sirva para darse cuenta que hay que hacerse responsable de las consecuencias que tienen los actos. Si quiere estar realmente preparada para la vida y la actitud desafiante, debe saber cómo enfrentar las situaciones. Por algo están hechas las leyes y las convenciones sociales: “Haces algo, pagas”. Quizás, a la pequeña Música le sirva saber que no podrá seguir estudiando por este año, pero que podrá retomar el próximo. Y así, cuando todas sus actuales compañeritas celebren con hermosos vestidos su titulación de la Enseñanza Media, ella deberá esperar por el necesario diploma.

(Rodrigo)

02 julio 2008

NUEVO SITIO WEB DE LIBERTYBERTO


A pesar de que Libertyberto Elizabeth Alberto es intrínsicamente indefinible, hay algunos conceptos que se acercan a lo que él representa en la vida. Entre ellos, el que más me gusta es ICONOCLASTA. Libertyberto es iconoclasta por naturaleza:


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iconoclasta. (Del griego, rompedor de imágenes).


1. adj. Se dice del hereje del siglo VIII que negaba el culto debido a las sagradas imágenes, las destruía y perseguía a quienes las veneraban. U. t. c. s.
2. adj. Se dice de quien niega y rechaza la merecida autoridad de maestros, normas y modelos. U. t. c. s.


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Este perro tiene del año que le pidan (jajá). Cada día nos sorprende con nuevas andanzas, historias, actitudes, reflexiones, personalidades. En este tiempo ha ganado absoluto protagonismo entre todos los otros personajes que adoptamos con bacalao (de hecho, Libertyberto es más poderoso y popular que nosotros dos juntos).


Pero ahora se viene lo mejor... PRONTO... MUY PRONTO... su nueva página web, ¡más iconoclasta que nunca! Su verdadera historia, sus parientes, sus vivencias... todo en un solo lugar. Estamos trabajando para ofrecer la página que desbancará a facebook en su reinado web.


Por mientras, pueden seguir deleitándose con su video en Youtube, en: http://www.youtube.com/watch?v=Ea1WqSYyVyo


Y, también, pueden votar por el cuento que relata una pequeña historia de la vida real, en: http://transantiagoen100palabras.cl/?a=2010


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rOd.

08 mayo 2008

Madonna: Sticky & Sweet Tour 2008



Mucho se había especulado. Muchos habíamos estado esperando. Al parecer, esta vez sí que es cierto: Madonna ha confirmado que pretende venir a Sudamérica en el contexto de su más reciente gira "Sticky & Sweet Tour", que comienza en agosto de 2008.


Es de esperar que se dé una vuelta por Buenos Aires y Santiago de Chile, donde hay miles y miles de fanáticos que ya hemos comenzado a juntar el dinero y las ganas para ir a ver a la reina del pop en lo que mejor sabe hacer: espectáculos grandiosos.



¡Grande, Madonna!
(Rodrigo)

18 abril 2008

Líder de la manada




Partiré este post citando el primer párrafo de varias publicaciones que he leido en Internet en el último tiempo: "Nadie apostaba ni un peso por Mariah Carey...". Al parecer, muchos pensaron que después de Glitter (banda sonora de la terrible película homónima), de su despido en Virgin Records y de las bajas ventas de Charmbracelet... una de las más grandes divas del hip-pop de los 90 estaba acabada. Casi con una sádica sonrisa complaciente anunciaban el comienzo de una nueva era, marcada por jóvenes hermosas y de cuerpos perfectos, cuyo virtuosismo vocal poco importaba (si es que existía).


Pero estaban equivocados: las nóveles y rubias intérpretes de melódicas canciones pop se fueron perdiendo en el camino, cegadas por la fama, el dinero rápido, el seudo-glamour y las fiestas hasta la madrugada. Y mientras el mundo veía el desplome de nombres como el de la-ya-mítica Britney Spears, Mariah se preparaba para dar el gran golpe a la industria musical: sacaría un disco totalmente renovado, limpio y moderno: "The Emancipation of Mimi" (TEOM, Island Records, 2005).


Muchos de los críticos que habían augurado la muerte musical de Mariah debieron recular y aceptar que, independientemente de sus gustos musicales particulares, éste era un gran trabajo. Así lo demostró la opinión generalizada de especialistas y, también, del público, que se agolpó en las tiendas para comprar el álbum. Mimi volvía, así, al tope de todas las listas. Ganaba premios otra vez y dos de sus singles se empinaban en el número 1 del ránking de la revista Billboard. "TEOM" marcaba el renacimiento, desde las cenizas, de la precursora del hip-hop (ese ritmo que tanto usan algunos artistas hoy en día, mezcla de pop, rap y hip hop. ¡Si hasta la mismísima reina del pop, Madonna, lo ha incluido en su último disco!).


Reconocimientos internacionales, fama, fortuna, conciertos multitudinarios: ése fue el ritmo de vida de Mimi entre 2005 y 2008. De ahí en adelante, expectación: ¿podría el siguiente álbum consolidar esta resurrección? Mariah se tomó su tiempo para darnos a conocer la respuesta. Viajó por islas semi desiertas, llamó a nuevos amigos/productores, grabó en estudios propios, compuso, escuchó los resultados, volvió a componer... Todo, con el único afán de sacar a la luz un disco perfecto: natural, honesto, moderno, urbano... Y así fue como, después de retrasar su lanzamiento en dos oportunidades, nos presentó su producción E=MC2 (Island Records).


Hubo risas e incredulidad al saber el nombre oficial del disco. No faltaron quienes cuestionaron su pretensión de acercarse al mundo científico/intelectual a través de la famosa fórmula de la relatividad de Einstein. Pero Mariah se lo tomó con humor y no tardó en aclarar que esto nada tiene que ver con energía, masa ni mucho menos con la velocidad de la luz: "Es como la continuación de la emancipación creativa que tuve con mi álbum anterior. Es como "The Emancipation" a la segunda potencia". Mimi, renovada y corregida.

No se trata sólo de una Mariah que se ve y se siente mejor (con su indiscutible cambio en la apriencia física). Se trata de un álbum que -por su concepto y su sonido- se vuelve indispensable para la música contemporánea. Mariah Carey, fiel a su estilo, entrega 14 composiciones frescas, donde el amor, el desamor, el deseo y el desenfreno se convierten en temas principales. Con aires de R&B, Gospel o tintes de reggae (inédito en la industria), E=MC2, efectivamente, logra escucharse natural y urbano. Se nota una evolución en los conceptos: de la balada melódica a aquella con base hiphop. De las canciones sobre el amor ideal a los descargos por un matrimonio fracasado y opresivo. De los interminables rap-de-negros (con todo respeto) a colaboraciones sutiles, justas y necesarias.


Las canciones de E=MC2 tienen todo para gustar. Para ser esuchadas una y otra vez, no tan sólo por los fanáticos de la voz que ha hecho famosa a Mimi en todo el mundo. ¡La voz! Ése es otro aspecto a destacar: no faltaron los comentarios irónicos que sugerían que Mimi ya no cantaba como antes. Y es cierto: su voz ha sufrido modificaciones, pero al escucharla en este disco nada puede criticarse. Están las inigualables variaciones melódicas entre los graves imposibles y los agudos fascinantes. Hay sutileza e intimidad en las baladas; fuerza y potencia en las interpretaciones más dance. En definitiva, el regreso de "La Voz", como también es conocida.


Mis canciones preferidas de este disco son:


- "For the record": una balada moderna, bien cantada, apasionada, íntima, con un coro atractivo.
- "That chick": moderna, dance, interesante, bailable, pop, setentera (con un sample de Michael Jackson).
- "I wish you well": porque Mariah puede demostrar que puede cantar sola junto a un piano. Una canción mágica, como otrora.
- "Touch my body": perfetca mezcla de pop y hip hop. SI bien la letra no es profunda, es ´pegajosa´ y atractiva.
- "Migrate": modernísima. Muy contemporánea, con sonidos frescos y electrónicos.
- "Bye bye": al más puro estilo de We belong together, habla con franqueza sobre el dolor de la pérdida de seres queridos.
- "O.O.C (out of control)": con tintes setenteros, es una melodía pegajosa, entretenida de cantar, con variaciones vocales.


Excelente disco para demostrar que Mariah Carey sigue siendo única en su género. Tal como una publicación norteamericana la ha llamado: "líder de la manada" (en directa alusión a artistas contemporáneas como Rihana, Beyonce, Christina Aguilera y otras).


Rodrigo Zavala M.

16 abril 2008

Ni ídolo(s) ni héroe(s)



¿Cómo puede ser que se subestime tanto a los lectores de diaris de nuestro país? No sólo a ellos, sino que también a los cientos de televidentes que no tienen otra compañía que los programas mañaneros... ¿O, acaso, son ellos -los "consumidores"- los que lo exigen? Cualquiera sea la relación de causa-efecto (o codependencia), el resultado para mí es el mismo: inundan los espacios públicos, mediáticos y físicos, con material vomitivo, malamente clasificado como noticia.

Me rehúso a creer que el borreguismo se ha implantado en nuestra sociedad. No porque uno o dos diarios de circulación nacional lleven en portada las mismas basuras de siempre, niños, jóvenes, adultos y ancianos van a considerarlo una pauta válida para las conversaciones cotidianas. Esos temas no pueden instalarze, así, naturalizados, al repertorio de situaciones interesantes para discutir. Por lo menos, no con la importancia que se le está otorgando actualmente.

Estoy cansado de ´Amor ciego". De ´Cari´, Edmundo y todo eso. Al principio opté por hacerme el desentendido. "No le des importancia. Haz como si ellos no existieran", me dije. Pero no puedo. El bombardeo es tal que me es imposible abstraerme de este ´fenómeno´ televisivo y hecho a medida para que la bella modelo comience una carrera en Canal 13. Están en todos lados y, aunque quiero, no me dejan vivir en paz.

De todo esto, quien más me tiene sobrepasado es Edmundo. Suelo no tener instintos homicidas, pero en un par de ocasiones he considerado que la únicasolución para éste, mi problema, es eliminar a ese personaje (y no persona) de la faz de la Tierra. Pero, afortunadamente, vuelvo a mis cabales rápido y ni siquiera llego a trazar un plan para concretarlo.


Hace mucho que no sentía tanta hostilidad contra alguien (y eso que debo haber visto -a lo más- ese programa de citas en dos ocasiones, y ni siquiera completo). No lo conozco personalmente -¡por la Gracia de Dios!-, pero puedo afirmar que en este momento ocupa el primer lugar en la lista de mis enemigos públicos. Llega un punto en que no necesitas del contacto o la cercanía física para sentir atracción/repulsión: a tal puntoo está infestada la atmósfera de su nombre, su vida y su ´obra´.

Gratuitamente, me he enterado de su altisonante voz, de su caprichoso existir, de su armado discruso amoroso, de sus declaraciones clichés, de sus conflictos existenciales, de su frustrada carrera como futbolista, de su personalidad agresiva, de su falta de cultura. ¡Y la lista suma y sigue! "¿Por qué?", me pregunto. ¡Por qué! ¿Tan escasos de hechos o personajes que han hecho algo por el mundo estamos? ¿Tanta importancia tiene alimentar el morbo y el exhibicionismo de un hombre cuya existencia no alteraré en lo más mínimo la alineación cósmica? Sinceramente, me parece mucho. Y vergonzoso.
No sería justo decir que todos se vuelven locos por él (si así fuera, esta humilde opinión no tendría sentido). Todavía queda un reducto de personas que se niegan a caer en la tentación de considerar a Edmundo como un ser real. Hoy está siendo inspiración de mis palabras (¡quién lo diría!), no por considerarlo importante dentro de mi mundo, sino que, precisamente, porque estoy consciente de que se trata de un producto con fecha de caducidad; de un desagradable personaje nacido de un experimento, pero no de un ser real. Esto es un show que, lamentablemente, debe continuar hasta que siga dando dividendos.

Rodrigo Z.


08 abril 2008

Los otros derechos humanos

Tenía que escribir sobre esto. Los estímulos externos e internos son demasiados como para auto excluirme de la discusión valórica más importante de lo que va del presente año.

En nuestro país se han alzado voces que piden una revisión a los derechos humanos. Se han erigido monumentos, se han elaborado documentos de miles de páginas pidiendo perdón. Se ha establecido la idea del “nunca más” (aludiendo a los atentados cometidos durante el periodo militar) y todos alzan sus copas pensando que en Chile no hay situaciones que nos avergüencen tanto como aquellas muertes y desparaciones. ¿Dónde queda el respeto por los otros derechos humanos?

No soy mujer ni tampoco pobre, pero -como chileno- me siento tan afectado y desilusionado como si lo fuera. Me siento pasado a llevar en mi capacidad (libertad, derecho) de elegir por mí mismo lo que considero óptimo para mi vida.

La decisión del Tribunal Constitucional sobre suspender la entrega gratuita de la “Píldora del día después” es, sin duda, el mayor atentado contra los derechos humanos del último tiempo. Según mi parecer, no sólo se transgrede el libre albedrío que tienen todas las mujeres para decir si la consumen o no. Tampoco se trata solamente de una discriminación abierta y vergonzosa contra aquéllas que no pueden pagar lo que la píldora vale en el comercio formal (e informal, claro está).

El asunto es otro: el hecho de que un grupo tan reducido de personas se reúna bajo la falsa apariencia de tribunal heterogéneo e imparcial y tome determinaciones que afectan a un número tan alto de personas. Ellos, sentados en sus sillas de cuero y mirando al resto del mundo hacia abajo con un dedo acusador, toman decisiones y, peor aún, imponen lo que -según su moral- es lo correcto y lo incorrecto para los millones de chilenos.

Hemos estado lo suficientemente oprimidos como para seguir aguantando la mano de la moral castigadora, representada en las posiciones políticas más conservadoras o en los santos dogmas de la Iglesia. No podemos seguir aceptando que la ignorancia y la el razonamiento obcecado siga atropellando nuestros derechos más básicos.

Siendo pragmáticos, resulta evidente que esta decisión no aportará a construir un país más equitativo y justo. Los sectores más pobres de la población se verán de manos atadas, castigadas por las imposiciones de aquéllos que pregonan una verdad absoluta. Las mujeres que se levantan a las 6 de la mañana porque tienen que hacer fila para obtener un número para que las atiendan en el consultorio del barrio; las jóvenes víctimas de abusos sexuales... todas ellas están desamparadas por una resolución tomada entre cuatro paredes.

No se trata de discutir lo evidente. Las pruebas científicas realizadas por profesionales, serios y experimentados, señalan fehacientemente que la concentración del compuesto Levonorgestrel (compuesto principal de la Píldora del día después) no es abortiva. Está comprobado que su accionar funciona en determinadas circunstancias (¿serán capaces de asimilarlas los integrantes del Tribunal o será demasiado obsceno hablar en un lenguaje donde la palabra vagina o útero se escucha constantemente?) y que, en ningún caso afecta la implantación embrionaria. Tal como su nomenclatura lo señala, se trata de un antconceptivo. Plop.

¿Adónde vamos a llegar? ¿Qué es lo próximo que se viene? El retiro de todos los anticonceptivos que tienen el polémico (acá debe ir un par de comillas) compuesto, de seguro, va a afectar el devenir de la planificación familiar y de la vida cotidiana de las mujeres. Es decir, no podrán decidir sobre el destino de sus vidas. No podrán tener la opción de elegir y se verán en la obligación de realizar actos aberrantes. ¿O acaso creen que el aborto va a disminuir, efectivamente? Si no existe la posibilidad de tomar el control de la fecundidad, ¿qué podemos esperar?: interrumpir el embarazo o llenar el país de hijos no deseados.

En un país que se vanagloria de poner atención sobre derechos femeninos (¿qué es todo aquello de la lucha contra el femicidio si no eso?), un fallo como éste significa una mancha indeleble en su historia. ¿Quién va a hacerse cargo de eso? ¿Quién va a hacerse cargo de las cifras en rojo de sangre? ¿Quién escuchará a las mujeres desesperadas? ¿Los honorables integrantes del Tribunal? No lo creo: ellos sólo escuchan su lúcida voz interna. Tan lúcida que es capaz, incluso, de decidir por mí... que nada tengo que ver con la píldora.
Por Rodrigo Zavala M.
(Foto: Latinstock).